Niña bella

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lunes, 13 de abril de 2026

Recobrar la libertad...(Cuento)


RECOBRAR LA LIBERTAD

Doña Hermelinda tenía 83 años y vivía sola desde que enviudó. Algunas veces venían a visitarla sus hijas. Y ella les contó que hacía poco se había resbalado al salir de la ducha, pero por suerte se agarró del toallero y no llegó a caerse. ¿Pero qué hubiera pasado si llegaba a caerse y se rompía la cadera o el fémur? ¿Cuánto tiempo habría pasado hasta que alguien llegara y la auxiliara? La sola idea la aterraba.

Se dio cuenta de pronto que sus hijas hablaban bajo entre sí, y le dijeron: "Mamá, tenemos que hablar contigo", y le propusieron internarla en una casa de reposo. Ya que sus hijas no podían llevarla a vivir con ellas. Ambas tenían sus familias y no había espacio para su madre en los pequeños apartamentos que ocupaban. A la señora Hermelinda no le gustó la idea, aunque sabía que en un asilo estaría rodeada de personal médico y de otras personas de su edad, que le harían compañía. 

Finalmente tuvo que aceptar, y fue llevada a una casa de reposo. Allí conversaba con ancianas de su edad, y a veces jugaban a las cartas, o también a distintos juegos de mesa. La habitación que le asignaron no se parecía en nada a su dormitorio, esta habitación era muy impersonal, en cambio el dormitorio de su casa tenía una calidez única, era como su refugio donde ella solía leer un buen libro hasta tarde junto a la ventana por donde veía pasear a los transeúntes, o sencillamente ver caer la lluvia de los otoños.

Todas las mañanas a las 6:00 a.m. en punto llegaba una enfermera a medirle la presión y Hermelinda se sentía como en una prisión elegante. El horario  era militarizado, todas las luces se apagaban a las 9:00 p.m. y eran obligados a dormir a esa hora, ella extrañaba su libertad a la hora de acostarse, la lectura de sus libros, tomando un cafecito caliente. El horario en la casa de reposo era rígido, no podía quedarse hasta tarde en la cama. Levantaban a los internos a las 6:00 a. m. en punto y a las 7 era el desayuno.
¡Qué falta de libertad! La señora Hermelinda empezó a sentir hartazgo de todo esto. Ella estaba lúcida y era dueña de sus actos, porque gracias a Dios mentalmente estaba sana.

Y empezó a planear su fuga. Una tarde cuando se hacía el cambio de turno del vigilante en el portón de entrada, uno de ellos se distrajo, y doña Hermelinda con sólo lo que llevaba puesto se salió apresurada hacia la calle. No le importó dejar sus pocas pertenencias, sólo llevaba consigo su pequeño monedero con suficiente dinero para tomar un taxi de regreso a casa. Ya en la vereda y lejos de las miradas de los vigilantes del asilo, ella pudo respirar la brisa tibia primaveral y disfrutar un crepúsculo anaranjado, con nubes entre rosa y doradas, algo que la hizo muy feliz. ¡Al fin era libre otra vez! Detuvo a un taxi y le dio su dirección, por suerte no olvidó las llaves de su hogar, que las llevaba consigo.

FIN

INGRID ZETTERBERG

Derechos reservados

 

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